Nada que decir; hago un segundo intento, y nuevamente, nada que decir. La emoción fácilmente se acaba luego de los primeros cinco minutos. Creí que sería bastante interesante volver, luego de tanto tiempo; a decir verdad, imagine a mi gente, esos amigos con los que jugábamos en la plaza después del colegio, esa gente, a veces amable, a veces enojada que atendía en los locales, el anciano borracho que solo hacía reír. Mi gente.
Recuerdo que cuando los deje todo estaba como siempre, es cierto, era una ciudad algo aburrida y llena de rutina, buena para todo lo relacionado con el descanso; a veces, incluso nos parecía factible que la ciudad no progresara, así sin tanta gente, esta continuaba segura. Pero, una ciudad que no progresa se va poniendo vieja, como sus habitantes.
Cuando estaba ya en viaje hacia mi pueblo, fue inevitable imaginar cómo se encontraría: la vi en tono sepia con la misma gente con la que me crie, todos iguales, quizás uno que otro niño ya estaba hecho un hombre y la plaza podría tener más árboles floreciendo. Luego me la imagine de forma más actual y más acorde con la tecnología, pero no fue una buena idea; casi nadie en las calles, todos pegados al televisor y a las computadoras, ya ni las bicicletas podían ser tomadas como un verdadero deporte, pues todas eran motorizadas. Y así soñé, en el avión que me reintegraría a mi antiguo hogar, quizá mamá al fin pudo ampliarse y puso el restaurant que quería, tal vez papá había vuelto después de tanto tiempo…
Luego del avión debí tomar un bus que me acercara al lugar, me sorprendió ver tantas rejas altas en
En la banca en la que solía charlar con mis amigos, vi a una anciana, con ropas deterioradas. Me acerque: vi su piel, que caída se vestía de múltiples arrugas, con ojos cansados mostrando cada detalle de lo visto, al mirar de más cerca además sentí un clavado en el pecho, “debo disminuir los cigarrillos” me dije.
- Disculpe, ¿ Es usted de acá?, quisiera saber… - y volteó su frágil cabeza con poca lucidez, vi algo familiar en ella, y con justa razón, bien podría ser quien atendía en el puesto de golosinas que yo frecuentaba, o la madre de algún amigo. Tenía aspecto de querer escucharme, quizá me entendió o pudo comprender que a su lado se encontraba alguien curioso por saber. Pero tras unas señas forzadas en la dirección equivocada, comprendí que no escuchaba, ni veía.
Confuso me dirigí a una banca a fumar, luego del tercer cigarrillo – último que me quedaba- me animé a tomar una fotografía de aquella anciana, quizás para conservar el aspecto avejentado de mi pueblo, o solo para luego comprarla con las fotos antiguas y descifrar la identidad de esta veterana. No tuve suerte, cuando llegue a su banca, ella estaba terminando de cruzar la calle, “¡Oiga!” grité fuerte sin recordar que era sorda, al voltear ella, rápidamente le disparé a la cámara para sacar una foto, apenas la cámara hizo lo suyo oí un sonido estridente “beeep”, ¿una bocina?, me saco la cámara de la vista, levanto la cabeza y busco a la delicada anciana. Boquiabierto al no encontrarla, me aseguro que no se avecine algún transporte y corro a la calle; en el piso, una mancha seca de color café oscuro, quizá era negra – la luz impedía una vista más acertada -...
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"Tuviste que expresar lo que pensabas para que te des cuenta que no eres el único con esos ideales"