martes, febrero 23, 2010

Ahí estaban, agitando su brazo y mano para despedirse mientras sentía el familiar ruido del motor acercarse; y sin darse cuenta ya dejaba atrás. Ya los dejaba atrás.
Lágrimas? De qué? Si hay tanto por qué alegrarse…. Y, tanto por qué llorar (admite cabizbajo)… Cierra los ojos.

Y ya está oscuro afuera, y cesaron los sonidos. Él levanta su mano como queriendo tocar los árboles a través del vidrio, claro, cómo si no se fuera a perder allá afuera; en la oscuridad, en el frío, en la soledad (nuevamente, cabizbajo)… Cierra los ojos.

“Siempre nos divertíamos con mi primo Mateo, lanzábamos disparos al mar y luego se llenaba de fuegos artificiales reflejados en el cielo, y después íbamos con mi amigo y el elefante de Mateo. Sabes? la nariz de Mateo es negra…”

Es increíble cómo nos gustaría volver a imaginar a Mateo junto a su elefante, volver a llorar por cualquier cosa que ahora sería una estupidez pero, que es su tiempo fue tan importante como nuestra propia vida ¿Qué pasó? “No lo sé” (se responde, cabizbajo)

Y analiza para sí muy concentrado ya a casi una hora de llegar a destino; “crecimos” concluyó.

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